Salkantay
América del Sur,  Diarios de Viajes,  Perú

Día 13: Variedad de termas del Peru

Como ya era habitual,  bien temprano por la mañana luego del desayuno con tostadas y panqueques nuevamente comenzamos la jornada que terminaría con una variedad de termas.

Cuando comenzamos la caminata,  todavía no podían verse bien las montañas ya que la neblina matinal lo impedía. A medida que la niebla se iba disipando, nosotros nos íbamos despabilando. Es increíble como la naturaleza siempre acompaña. Cada tanto a nuestro alrededor, nos encontrábamos con alguna de esas casitas humildes con sus pequeñas granjas. Pero esta vez en un entorno más acompañado, más lleno de verde y de vida.

Parada obligatoria, foto familiar, tal como decía Marco, nuestro guía. Nos tropezamos con unas cascadas y aprovechamos para refrescarnos un poco. Ibamos entrando en la “selva” el calor y el sol se hacía sentir con más fuerza. En el camino nos fuimos cruzando con muchísimas mariposas. Algo que me alegro  mucho ya que alguna vez leí en el libro que cuando se cruzan en tu camino te dejan la suerte de tu lado.

En nuestra primera parada para el snack, disfrutamos de la grata compañía de varios pavos, no muy simpáticos y tampoco demasiado agraciados. Debo confesar que siempre me dio mucha impresión la piel de sus cuellos. Arrugados como pasas de uva y con sus sonidos bastantes agudos, no daban señal de querer nuevos amigos.

Por la tarde, en una parte de nuestro camino, pasamos por un “Shopping Center”. Tal como lo anunciaba el cartel, que más bien se trataba de una casilla construida con maderas en medio de la selva. Sus carteles ofrecían Inka Kola, la bebida oficial del Perú, en una improvisación más que bizarra.

Un poco más allá, nos topamos con las aguas termales de Santa Teresa, o mejor dicho, con lo que quedaba de ellas. Fuimos el invierno siguiente al gran alud que destruyó este lugar casi por completo.  Aún se veían las grúas tratando de sacar las piedras del camino. Nos pusimos los trajes de baño y fuimos a chapotear un rato! En algunos lugares la corriente de agua podía sentirse más cálida que en otras. Se supone que antes del alud, había piletas divididas de acuerdo a la temperatura del agua. Ahora, estaban todas mezcladas, sólo eran unos pozos en el camino. No faltaron vendedores que nos ofrecían cervecita resfrecante, para disfrutar en la “piscina”. Allí nos quedamos hasta que estuvimos bien arrugaditos, y luego nos dirigimos en camioneta al campamento, que esta vez contaba con duchas. 

Después de varios días, fue hermoso disfrutar una ducha con agua, relativamente caliente. Aunque con lo que extrañábamos una buena ducha, tras varios días de utilizar toallitas de bebé, cualquier cosa estaba bien.

Comimos en esa especie de hotel a medio construir en el camino, en un primer piso todavía no terminado, con una mesa larga preparada especialmente para nosotros.  Esa noche hubo fogón, con la compañía de un mono titi, que se apretujaba a los brazos de quien lo quisiera aceptar. Algunos osados bailaron al ritmo de lambada y otros ritmos alegres. Otros decidimos salir por el “centro” en busca de un bar que finalmente nunca encontramos. Que luego pensándolo mejor, estuvo perfecto, ya que todavía quedaba mucho camino por recorrer.

monito

Esa noche fue especial, porque nos estábamos acercando cada vez más a nuestro objetivo, al día siguiente ya llegábamos a Aguas Calientes, lugar que esta al pie de la montaña que conduce al  Machu Pichu.

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