Camino del Inca
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Día 12: Descubriendo el Salkantay

Nuestro segundo día por el Salkantay, el guía nos despertó bien temprano, serían las 5.30 de la mañana. El sol aún ni siquiera estaba asomando. Fue carpa por carpa, ofreciéndonos té de coca para despabilarnos. Para prevenir el mal de altura, es muy común ver a los lugareños mascando hojas de coca. Además verán también muchos lugares con dulces y otros productos con esta planta. Si bien puede ser bastante chocante al principio. Es muy probable que pensemos en la droga, pero muy lejos está de esto. Para llegar a ser ese polvo tan adictivo, tiene que pasar por muchos procesos y con muchos químicos. Como casi todo lo que viene de la naturaleza se puede utilizar de buena o mala manera. La hoja en sí, es totalmente inofensiva. Se utiliza para evitar descomposturas por la altura.

Luego de desperezarnos y vestirnos con mucha fiaca y aún medio dormidas, nos dirigimos al lugar de encuentro general. Allí nos sorprendimos al ver una enorme mesa, donde nos esperaba un potente desayuno. Jamás pensamos que nos esperarían unos riquísimos panqueques con dulce de leche.

Después de comer bien abundante para conservar la energía el mayor tiempo posible, fuimos a desarmar nuestras carpas. Armamos nuestras mochilas y se las entregamos a los porteros para comenzar la caminata de ese día.

Caminamos un buen rato por la aridez de las montañas y nos detuvimos unos momentos para la primer foto grupal. La idea era realizar una toma en cada una de las paradas más importantes.

Camino Inca
En el Camino

Lo más lindo del camino es que íbamos caminando solas sin nadie a nuestro alrededor. Sólo escuchando el sonido de las montañas, de la naturaleza que nos rodeaba. Al comenzar nuestro camino, no sabíamos como iba a ser. Algunos amigos que habían hecho el tradicional, me comentaron que iban rodeados de gente todo el tiempo. Y eso hacía que el conectarse con uno mismo sea más difícil de lograr. Por suerte para nosotras fue muy diferente y pudimos conectarnos con la inmensidad de la naturaleza y de nosotras mismas.

Además, gracias al hecho que no haya habido gente a nuestro alrededor, más de una vez nos salvó cuando “nuestra naturaleza” nos llamaba. Sólo que una vez llegamos a terminar justo a tiempo. Al terminar, vimos pasar por la carretera un camión cargado con obreros.  Unos segundos antes, hubiese sido bastante vergonzosa la situación.

Por la tarde, después de unas cuantas horas de camino, nos detuvimos para el snack. Nos comentaron como seguía el camino. Un tramo bastante largo iba a ser en ascenso. Por lo que nos ofrecieron rentar un caballo para hacer el viaje menos cansador. Nosotras optamos por hacerlo caminando, queríamos hacerlo por nuestro propio mérito. 

Ibamos lentas pero seguras, hasta que mi amiga no pudo respirar bien. Comenzó a sentirse muy cansada y agitada. La altura la estaba afectando. El guía que venía detrás nuestro al ver la situación, nos ofreció que hiciéramos a caballo el último tramo. Estábamos bien cerca en realidad, pero la subida era bastante empinada, lo que la hacía más agotadora. Yo si bien estaba algo cansada, la altura no me había afectado. Pero la oferta resultaba demasiado tentadora como para rechazarla, así que también subí a uno de los caballos. Fuimos casi las últimas en llegar, pero hicimos una entrada gloriosa en el lomo de nuestros corceles. 

Camino Inca
Corceles Salkantay

Una vez todos juntos, hicimos una nueva foto grupal, esta vez a unos 4600 metros de altura. Con razón la altura se estaba haciendo sentir. El camino llegaba incluso más alto aún, pero el parador del cerro Salkantay, indicaba esos metros.

Salkantay
4600 Metros Salkantay

El guía nos contó que hacía no tantos años atrás, ese parador estaba todo nevado, tanto en verano como en invierno. Pero debido al cambio climático y calentamiento global, las nieves eternas ya no estaban más en ese sitio. En fotos viejas se puede apreciar la nieve. En cambio ahora sólo se la encuentra en los picos más altos y alejados.

Tras unas horas más de caminata, en el camino comenzamos a ver unas casitas muy humildes. Construídas con madera y paja. En sus jardines se podían ver animales de granja. Es impresionante como puede vivir la gente en medio de la nada. Porque en ese paraje, sin lugar a dudas lo estaban. No poseían ningún tipo de facilidades, ni siquiera luz. Algo bastante impensado para aquellos que venimos de ciudades grandes. Que a veces tan bien nos vendría para desconectarnos un rato. Creo que esta es una de las cosas que hace tan mágico el camino. Nos hace desconectarnos para volver a reconectarnos a nosotros mismos. 

Un rato más y llegamos al campamento, donde ya nos esperaban nuestras carpas armadas. Esta vez sin galpón que nos repare del viento.  Tampoco fue necesario, ya que en esta zona el frío y el viento no se hacían sentir tanto.

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