América del Sur,  Diarios de Viajes,  Perú

Día 3: Paracas, Islas Ballestas

Dejamos nuestras gigantes mochilas a resguardo del Hostel y decidimos viajar hacia Ica. Este departamento del Perú queda en el centro del país. Aquí  se asentaron dos importantes culturas preincaicas: la de Paracas y la de Nazca. Después de averiguar cuál era la forma mas fácil para llegar a ese lugar, tomamos un taxi y arribamos a una estación de micros bastante improvisada. Muy lejos estaba de parecer la estación de buses a la que la estábamos habituadas, más bien parecía ser un refugio de playa, bastante improvisado, construido a base de caña reciclada.

El lugar estaba casi repleto, gente de muchos lugares y países diferentes estaba intentando conseguir boletos para diversos destinos. En el lugar había varios guías, que en vez de ayudarnos nos confundían aún más con los consejos que salían de sus labios a una impresionante velocidad. Parecía no haber sido del todo bueno llegar hasta allí sin tener ningún itinerario definido. Uno de aquellos guías viéndonos muy perdidas quizá, se presentó ante nosotras y nos preguntó qué queríamos ver. Nos dio un par de opciones y en menos de 10 minutos, nos organizó un completísimo Tour. El mismo incluía: crucero por la Isla de Ballestas, micro hacia Nazca, taxi esperándonos en la estación, estadía de hotel y Tour por el desierto de Huacachina. Quedamos totalmente impresionadas por la rapidez para arreglar todo, no habíamos ni terminado de decir sí, que ya teníamos los pasajes en nuestras manos.

Supongo que ellos están más que acostumbrados a orientar viajeros improvisados. Mientras esperábamos nuestro autobús sentadas bajo la sombra de las cañas, probamos unas cervezas Cuzqueñas de trigo, que nuestros paladares no apreciaron del todo bien, pero que bien valieron la pena probar.

Después de un corto trayecto, llegamos al lugar indicado para tomar el barquito que nos llevaría a recorrer la Isla Ballestas en Paracas. Era un pequeño puerto con puestos de artesanías alrededor y algunos lugares para comer. Almorzamos antes de embarcarnos. Mi amiga probó ceviche, ya que fue la recomendación general, siendo una zona pesquera, el lugar idea para comer pescado bien fresco. Yo en cambio busqué otra especialidad en el menú, ya que el pescado no es de mis platos favoritos.

Una vez puestos los chalecos salvavidas y nuestras pertenencias guardadas en la bolsa hermética que nos entregaron, comenzamos el recorrido por las islas.

Cuando nos alejamos de la costa, pudimos apreciar en una de las colinas, un gigantesco candelabro dibujado en la arena. No hay una explicación cierta de sus orígenes, pero sí varias teorías, desde extraterrestres, tesoros piratas, hasta una que dice que San Martín utilizó ese símbolo masón para orientarse. Lo que si es cierto, es que tiene tal vez miles de años, pero debido a la escasez de lluvias y a los vientos que se encargan de quitar la arena de los canales, la marca sigue intacta, pese al paso del tiempo.

El recorrido por las islas es hermoso, la forma en que los vientos y el mar tornearon las rocas es increíble, se pueden ver cuevas, puentes, y miles de gaviotas y pelícanos que van a disfrutar de  la tranquilidad de las islas.  Hay además muchos otros animales, como los pingüinos humbolt, lobos marinos y una variedad de estrellas y soles marinos adheridos a las roca. Las estrellas pueden verse gracias a las olas que van moviéndonse con el movimiento del barquito a su paso.

El guano (si, es lo que hacen las aves después de comer) que dejan las aves adheridos a las rocas es utilizado como fertilizante desde la época en que vivían los antiguos Incas, y todavía hoy sigue utilizándose. Es algo natural y sumamente efectivo.

Regresamos a la costa, con tiempo suficiente para tomar el próximo colectivo a Nazca. Viajamos en un pequeño micro, repleto de gente, algunos viajaban parados en los pasillos y repletos de cosas. Viajamos no muy cómodas, ya que preferimos no arriesgarnos y mantener nuestras mochilas con nosotras, que nos sirvieron de almohada para una corta siesta.

El trayecto no fue largo y cuando llegamos a la estación, ya había un taxista esperando para llevarnos a nuestro hotel.

La ciudad de Nazca es pequeña, o al menos eso pudimos apreciar cuando llegamos, ya que era de noche y sólo pudimos ver lo que recorrimos con el taxi. La zona del hotel, y el hotel mismo, distaban mucho de ser considerados de lujo; pero una habitación limpia y ducha con agua caliente era más que suficiente para nosotras.

Al día siguiente nos tocaba otra vez madrugar para conocer las líneas de Nazca.

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